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A menudo se recuerdan las sabias palabras del papa san Pablo VI en Evangelii Nuntiandi: «el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan», sin embargo la célebre cita continuaba: «si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio». Los padres y doctores de la Iglesia no fueron testigos directos de Cristo y, sin embargo, fueron maestros del tiempo en que vivieron y para el futuro que llegaría tras ellos. A través de sus palabras y escritos, reafirmaron el tesoro doctrinal de la Iglesia para todos los tiempos venideros. Gracias a su testimonio de vida, también plasmaron la forma y el cómo está llamado a vivir la vocación cada cristiano independientemente de su condición. Y los documentos que dejaron tras su muerte, han servido de orientación y testimonio a multitud de cristianos que llegaron siglos después. La Iglesia ha necesitado de hombres y mujeres que profundizaran y explicaran en cada momento histórico la fe heredada de los apóstoles, en muchos casos impidiendo que se tergiversara el mensaje, traduciéndolo con fidelidad al lenguaje filosófico de cada tiemp






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